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Dolor compartido: Cuando un reportero deja la grabadora y empieza a buscar desparecidos

El periodista sinaloense Marcos Vizcarra necesitó ayuda psicológica para mantener la estabilidad emocional en su trabajo cubriendo la desaparición forzada y las víctimas de la violencia. En la terapia se dio cuenta que era un periodista, no un buscador.

“En la terapia, (fui) de ir comprendiendo en mi caminar que yo soy periodista, no soy buscador”, dice Vizcarra.

Proteger la propia salud mental se ha vuelto imprescindible para  todo reportero que convive a diario con personas que buscan a sus seres queridos, víctimas de la desaparición forzada. Para él ha sido muy importante reconocer los límites que tiene un periodista.

“No vamos a dejar de ser buenas personas y no vamos a dejar de ser buenos periodistas si le decimos que no a algo. Poner límites”, explica Vizcarra.

Con siete años dando cobertura periodística a los casos de desaparición en Sinaloa, Vizcarra llegó a un punto en que el tema se hizo parte de su vida y con ello la frustración y preocupación por las familias buscadoras de desaparecidos.

“De verdad me da muchísimo coraje saber que hay Semefos de oquis, que las familias están desesperadas, que tienen un problemón bien grande, que hay más de mil cuerpos todavía sin hacerles la prueba de ADN”, explica Vizcarra al narrar los sentimientos que le despierta la cobertura de la desaparición forzada.

“Saber ese tipo de cosas, claro que me emputa, pero también estoy y debo estar consciente que lo único que puedo hacer es justamente lo que hice, publicar, documentar y publicar, o sea, yo no voy a buscar desaparecidos, los están buscando ellas, yo estoy acompañándoles”, advierte.

Reportero frente a su computadora

Los dobles desaparecidos de Sinaloa

El 7 de octubre de 2020, el Border Hub publicó el artículo realizado por Vizcarra “Crisis forense: Cuando las funerarias suplieron al Semefo”.

En éste se revela que en 16 estados del país, incluyendo Sinaloa, las funerarias privadas han estado haciendo el trabajo de los servicios médicos forenses oficiales al verse rebasados en sus capacidades, lo que deriva en una preocupante deficiencia en la identificación de cadáveres sin nombre.

El reportaje describe la doble tragedia que vivió una familia cuando su hijo, Belisario Quintero Molina, desapareció en Sinaloa, lo hallaron en una fosa clandestina y luego las autoridades lo sepultaron como desconocido en una fosa común.

“Aunque su cuerpo fue exhumado e identificado por sus familiares dos meses después del homicidio, la burocracia se empeñó en que siguiera desaparecido”, escribe Vizcarra. “Tuvieron que pasar 18 meses, tres pruebas de ADN, dos exhumaciones y la intervención de un desenterrador, para que su cuerpo fuera, finalmente, entregado a sus familiares”, detalla el texto.

Belisario es uno de los 2 mil 884 cuerpos desenterrados de las casi 2 mil fosas clandestinas encontradas en el país entre 2006 y 2016, de acuerdo con el artículo de Vizcarra, que se basa en el registro de las procuradurías y fiscalías mexicanas que el reportero obtuvo vía transparencia. 

“Más aún, el cuerpo del joven ni siquiera fue ingresado al servicio médico forense (Semefo) para ser correctamente identificado: de la fosa clandestina pasó a una funeraria privada como desconocido, y de ahí de nuevo bajo el suelo, a una fosa común”, añade en el artículo publicado en el Border Hub.

Cuando el periodista se vuelve un buscador

Vizcarra es un reportero de investigación experimentado en el tema de desaparición forzada. Desde 2014 acompaña a las familias buscadoras de personas desaparecidas visibilizando sus historias y su lucha.

No obstante, le tomó tiempo y desgaste emocional separar su faceta profesional de la personal, comprender que su labor es la de comunicar, no la de ser buscador.

“Me ha pasado a mí, digo, por eso he trabajado eso en terapia, el tema de llegar a un punto, yo sí llegué a un punto de irme adelante de las buscadoras mientras ellas están buscando.

“Yo me iba a buscar para allá y yo estaba buscando un lugar en donde estuviera la tierra hundida y cosas de esas, porque yo decía ‘güey, es que tienen que encontrar, tenemos que encontrar’ o sea, decir ‘tenemos que encontrar’, está cabrón porque ése no es mi papel, mi papel es ir a documentar, nada más”, recuerda el periodista.

Vivió momentos frustrantes, admite, y los problemas de las personas buscadoras los convirtió en los suyos, deseaba apoyarlas a toda costa en todas las gestiones que debían hacer antes las instituciones públicas.

Gracias a que ha llevado terapia psicológica, Vizcarra comprendió que tampoco es gestor o psicólogo, por lo que debía limitarse a escribir sus historias para hacerlas visibles.

Investigación a fondo

Para documentar la crisis forense, Vizcarra trabajó cuatro años en los que, además de estar cerca de las familias buscadoras de desaparecidos, hizo decenas de solicitudes de información y recorrió decenas de panteones en Sinaloa.

En 2016, a la vez que hacía cobertura del tema de desaparecidos en ese estado del noroeste mexicano y publicó el caso de Belisario Quintero en un medio local, se encontraba cursando la beca Programa Prensa y Democracia (Prende), teniendo como maestra a Alejandra Xanic von Bertrab, la única periodista mexicana que ha ganado un premio Pulitzer, ahora directora de la organización Quinto Elemento Lab. 

Con muchas preguntas sin responder, Vizcarra sabía que existía una lamentable realidad en el manejo de los cuerpos no identificados, por lo que debía profundizar el tema del artículo. Acordó con Quinto Elemento Lab hacer una investigación a fondo.

Por medio de solicitudes de información vía la Plataforma Nacional de Transparencia, Vizcarra pudo saber que había en Sinaloa 15 panteones con fosas comunes, pero que se desconocía la cantidad de cuerpos que éstos resguardaban.

“Me empiezan a decir cosas que para mí son increíbles porque fueron las respuestas: ‘no sabemos o no tenemos dato de cuántos cuerpos hay en ese panteón’”. Esa falta de información lo llevó a visitar cada uno de los panteones para hacer preguntas e investigar cuántas personas había en esas fosas comunes.

Vizcarra afirma que siempre se manejó con honestidad ante los encargados de los panteones y funerarias que visitó en Sinaloa, a quienes les manifestó la intención de hacer un reportaje que muestre la realidad y así ayudar a que las familias localicen a sus desaparecidos. Esa actitud le sirvió para recibir el apoyo y la información que buscaba.

Recabó una gran cantidad de información que guardó en archivos Excel y en el Google Drive. Al momento de iniciar la redacción del texto se percató del archivo tan extenso con el que contaba y vino lo que considera que fue el mayor reto del reportaje: escribirlo.

“Yo creo que tenía tanta, tanta, información, que hubo un momento en el que sí, ya no sabía qué hacer con tanto”, recuerda.

Al largo periodo de documentación y redacción se sumó el retraso de publicación por cuestiones administrativas, lo que incrementó el desgaste, sin embargo, considera que siempre se pueden presentar factores ajenos e imponderables como los que él experimentó.

Vizcarra continúa dando cobertura al tema de desaparecidos manteniendo una importante atención a su propia estabilidad mental, explica, sin dejar de aplicar las reglas básicas para tratar el tema de víctimas con respeto y empatía.

“(La cobertura de víctimas se hace) con mucho silencio y con mucha ternura y con mucho acompañamiento; creo que me ha ayudado mucho la terapia”, comenta.